Tierra inhabitable: la vida cotidiana se vuelve más peligrosa a medida que el planeta se calienta

Estar simplemente al aire libre, incluso a la sombra, ya es riesgoso en algunos lugares, según un análisis sobre clima y salud. En ciertas regiones, las personas mayores enfrentan 300 horas más de riesgo relacionado con el calor que en 1950. Existen oportunidades de adaptación, pero reducir las emisiones de combustibles fósiles es la vía más segura.

Multiples autores

El calor extremo ya no es solo incómodo: en muchas partes del mundo está volviendo físicamente insegura la vida cotidiana, según un nuevo estudio global liderado por científicos de The Nature Conservancy y publicado en la revista Environmental Research: Health.

Al combinar más de 70 años de datos climáticos globales (1950–2024) con un modelo fisiológico de balance térmico que considera cómo responde el cuerpo a distintas condiciones según la edad, el estudio concluye que alrededor del 35 % de la población mundial vive actualmente en zonas donde el calor limita gravemente la actividad segura, incluso para adultos jóvenes durante las horas más calurosas del año.

El trabajo físico intenso al aire libre siempre ha sido peligroso en condiciones de calor. Sin embargo, incluso la actividad física ligera —como subir escaleras o realizar tareas domésticas— puede volverse peligrosa en ciertas condiciones. El aumento de las temperaturas y de la humedad está restringiendo cada vez más la cantidad de actividad física que las personas pueden realizar con seguridad al aire libre, incluso a la sombra.

Los impactos son más severos para las personas mayores. En promedio, las personas mayores de 65 años ahora experimentan alrededor de 900 horas al año —más de un mes de horas diurnas— en las que el calor limita gravemente la actividad segura al aire libre, en comparación con 600 horas en 1950. Para los adultos jóvenes, esa cifra aumentó de 25 a 50 horas en el mismo período. En algunas regiones tropicales y subtropicales, el calor restringe la actividad al aire libre de las personas mayores durante entre una cuarta parte y un tercio del año.

A diferencia de los índices de calor comúnmente utilizados, este estudio —realizado con la participación de investigadores de la University of Sydney, la University of California (Irvine), Arizona State University (ASU), NASA Jet Propulsion Laboratory/Caltech, UCLA y Duke University— considera cómo responde el cuerpo humano al calor durante la actividad física y cómo esa respuesta cambia con la edad. Al combinar datos climáticos con modelos de fisiología humana, el estudio identifica cuándo el calor no solo se siente peligroso, sino que supera físicamente la capacidad del cuerpo para mantenerse fresco.

“El cambio climático no solo está haciendo que el calor sea más intenso, sino que está reduciendo el tiempo en que las personas pueden realizar sus actividades cotidianas de manera segura”, afirmó el autor principal Luke Parsons, científico del clima en The Nature Conservancy. “En algunos lugares ya estamos viendo condiciones en las que incluso una actividad mínima puede llevar al cuerpo humano más allá de sus límites”.

Aunque el calor extremo suele asociarse con regiones más pobres, el estudio concluye que algunas de las restricciones más severas ya afectan a países relativamente ricos, especialmente en partes del sur y suroeste de Asia, incluidos los estados del Golfo. La diferencia clave no es el calor en sí, sino la capacidad de las personas para afrontarlo. El acceso a refrigeración, infraestructura y protecciones laborales puede reducir el riesgo, pero estas protecciones están distribuidas de forma desigual, incluso dentro de países de altos ingresos.

Estos hallazgos llegan en un momento en que las temperaturas globales ya han aumentado casi 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales. Los investigadores advierten que, a medida que el clima continúe calentándose y la población mundial envejezca, las regiones donde el calor limita físicamente la vida cotidiana seguirán expandiéndose.

Sin embargo, reducciones rápidas en el uso de petróleo, carbón y gas, junto con adaptaciones tecnológicas y de comportamiento frente al aumento de las temperaturas, pueden ayudar a gestionar el calor inhabitable. Esta investigación puede ayudar a identificar las zonas de calor extremo y las poblaciones vulnerables (por ejemplo, personas mayores y/o de bajos ingresos) donde las inversiones en medidas de salud pública podrían tener mayor impacto.

“Nuestro estudio destaca solo una de las muchas razones para actuar frente al cambio climático”, dijo la coautora Haley Staudmyer, científica del clima en la University of California, Irvine. “Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero e invertir en salud pública evitará todo tipo de tragedias, no solo las muertes relacionadas con el calor”.

Entre las medidas prácticas para mitigar estos riesgos se incluyen la creación de “estaciones de enfriamiento” municipales donde las personas vulnerables puedan acceder a aire acondicionado; campañas públicas de educación sobre cómo enfrentar las olas de calor; y cambios en los horarios de trabajo. Sin embargo, existen límites a nuestra capacidad de adaptación, lo que subraya la urgencia de eliminar las emisiones en su origen.

Añadiendo más contexto, la coautora Gisel Guzman Echavarria, de ASU, señaló: “Nuestros hallazgos implican que estamos enfrentando cambios en el estilo de vida a escala planetaria, pero las estrategias para prevenir daños y generar un impacto positivo comienzan a nivel individual y comunitario. Además, podemos aprender de casos exitosos en los que comunidades enteras han convivido con el calor durante años de maneras más sostenibles y socialmente cohesionadas, mientras se reduce o revierte el sobrecalentamiento.”

Compartir:

Facebook
Twitter
Pinterest
LinkedIn

Recibe nuestro boletín semanal

¿Eres periodista? Cada viernes enviamos a nuestra comunidad una lista de oportunidades, becas, recursos y materiales de interés sobre cambio climático y ambiente