Bocas del Palo: las mujeres que defienden el territorio con energía solar

Tres lideresas del consejo comunitario afrodescendiente Bocas del Palo encontraron en los paneles solares una nueva herramienta para enfrentar la crisis climática y proteger su territorio. El proyecto agrovoltaico les ha permitido producir energía para la comunidad, cultivar bajo los paneles y volver a iluminar la cancha donde las mujeres juegan fútbol cuando cae la noche.

Cuando se encendieron las luces de la cancha de fútbol, Zuleima Romero descubrió que era el lugar donde siempre quería estar. Durante años, la falta de electricidad en ese punto de encuentro de Bocas del Palo, una comunidad afrodescendiente del Valle del Cauca en Colombia, había impedido que ella y otras madres del consejo comunitario pudieran practicar ese deporte después de caer la noche. Esas horas eran las únicas que tenían libres, después de las tareas del hogar: cocinar, hacer aseo, alimentar a los animales y cuidar de sus hijos. 

“Antes salíamos a entrenar desde las 4 de la tarde hasta las 5:30, máximo, porque ya se oscurecía. Como estamos rodeados de cultivos de caña, si el balón se caía allá, había que esperar al otro día para recogerlo y si estábamos de buenas, encontrábamos el balón”, recuerda Zuleima. Hoy tiene 56 años y no ha soltado el balón desde que pisó una cancha por primera vez cuando tenía 10. “La noche es nuestra hora para descansar y disfrutar sin toda la carga del hogar”, afirma. 

Equipo de fútbol juvenil de Bocas del Palo donde jugaba Zuleima. Crédito: cortesía de la comunidad.

La luz llegó al pueblo gracias a un proyecto de energía solar impulsado por un grupo de mujeres de la comunidad. El 1 de noviembre de 2024 se puso en funcionamiento el parque solar y los paneles solares instalados en los postes de luz alrededor de la cancha. Aunque las casas ya contaban con el servicio de electricidad, los cortes de energía eran frecuentes. Cuando la luz se iba, muchas familias tenían que alumbrarse con velas y encerrarse en sus casas al anochecer. Los espacios comunitarios, además, permanecían a oscuras cuando caía la noche. 

“Con el parque solar, los niños juegan, las personas salen frente de sus hogares a hablar, a perderse un poquito de las redes sociales que nos han apartado a muchos como familias negras y extensas. Esto reafirma esos lazos familiares y culturales que por muchos años han permanecido dentro de nuestro territorio. Y también hay algo súper importante: la iluminación de la cancha brinda seguridad, porque podemos ver si hay una persona extraña en la comunidad”, cuenta Dany Ortiz, una de las mujeres impulsoras del proyecto solar y la hija mayor de Zuleima. 

La niñez y la juventud de Bocas del Palo han convertido la cancha de fútbol en un espacio de juego nocturno. Crédito: María Fernanda Padilla Quevedo

El parque solar nació de un sueño que Dany y Nayive Reyes, otra de las lideresas de la comunidad, comenzaron a imaginar mientras cursaban un diplomado sobre transición energética en el Pacífico colombiano: llevar a Bocas del Palo un proyecto que les ayudara a conservar el territorio y garantizar mayor estabilidad energética. Junto a Adelina Vásquez, mayora de su comunidad y lideresa de una organización de mujeres ambientalistas del consejo comunitario, le dieron forma a la propuesta. En agosto de 2023, la presentaron a un funcionario de la Corporación Regional Ambiental del Valle del Cauca (CVC) a quien conocían y que posteriormente llegó a un cargo en el Gobierno nacional. Dos meses después, recibieron una llamada suya para anunciarles que su sueño sería una realidad. 

La propuesta, que finalmente llegó a Bocas del Palo, fue diseñada bajo el modelo agrovoltaico, que combina la generación de energía solar con el aprovechamiento agrícola del mismo terreno. En el consejo comunitario esa combinación cobra una especial importancia porque está rodeado de monocultivos de caña de azúcar y la comunidad enfrenta una creciente presión sobre la tierra disponible para sus propios cultivos. En Jamundí, municipio donde está Bocas del Palo, hay al menos 9.237 hectáreas cultivadas de caña, según los datos abiertos del Gobierno nacional con corte al año 2022.

(De izq a der) Dany, Harold, Nayive y Adelina debajo de los paneles solares instalados. Crédito: María Fernanda Padilla Quevedo

El proyecto se materializó en un parque solar de 186 paneles, un sistema de iluminación LED para la cancha de fútbol alimentado por 30 paneles distribuidos en 16 postes y un vehículo eléctrico equipado con cuatro paneles, que sirve para llevar los libros de la biblioteca pública etnocultural “Adelina Vásquez” a zonas dispersas del consejo comunitario y transportar los productos agrícolas cultivados bajo los paneles: tomate, habichuela, lechuga y plantas medicinales. De esta manera, el sistema solar agrovoltaico genera energía para suministrar al Sistema Interconectado Nacional (SIN) —la red eléctrica central que lleva la luz a la mayoría de ciudades de Colombia—, y desde allí distribuye electricidad a las 116 casas. Por su parte, el vehículo contribuye a la movilidad dentro del territorio. 

La generación de energía solar también empezó a sentirse en los ingresos y gastos de la comunidad. Antes de la puesta en marcha del proyecto, un hogar en Bocas del Palo pagaba alrededor de 100 mil pesos colombianos (unos 32 dólares), mientras que ahora recibe facturas de entre 30 mil a 40 mil pesos (13 USD). Algunas viviendas, incluso, han llegado a registrar recibos en 0 pesos. En los hogares con un consumo mayor, el ahorro también ha sido significativo. Una familia que antes pagaba entre 280 mil y 300 mil pesos (89-96 USD) puede pagar ahora 180 mil (57 USD). 

Para una comunidad rural, esa diferencia no solo representa un menor gasto en electricidad, sino recursos que se pueden destinar para alimentación, salud o educación. Además, el consejo comunitario recibe un pago por los excedentes de energía que genera el parque solar, que es invertido en necesidades colectivas. Tan solo en el 2025, recibieron aproximadamente 12 millones de pesos (unos 3.830 USD) anuales por la generación de energía comunitaria. 

Dany Ortiz cuenta que este proceso también ha generado una relación distinta con la energía. “Dentro de la capacitación previa a la instalación aprendimos que no tenemos que dejar enchufados los equipos, los televisores y los cargadores. Hubo un proceso de transformación de conciencia: generar energía gracias a la naturaleza depende de nosotros y como somos generadores tenemos que empezar a optimizar ese gran recurso, que hoy llegó para cambiar algunas cosas de nuestro hogar”, agrega.

Para Catalina Caro, coordinadora general de Censat Agua Viva, el valor de las energías comunitarias está en que permiten gestionar la energía a escala local y regional, con las propias comunidades como protagonistas. Desde esta perspectiva, la energía no se reduce a la electricidad que llega a través de una red, sino que atraviesa la vida comunitaria, las formas de sembrar, producir alimentos y habitar el territorio. Por eso, dice Caro, la gestión comunitaria de la energía puede fortalecer las posibilidades de las comunidades de permanecer en sus territorios.

Otra de las preocupaciones por parte de las lideresas es el reciclaje de los paneles solares después de 20 a 25 años de vida útil. Crédito: María Fernanda Padilla Quevedo

Pero la transición energética no ha sido un proceso sencillo ni todo ha funcionado como esperaban. Convertirse en generadoras de energía ha obligado a las mujeres de Bocas del Palo a enfrentarse a conceptos técnicos, trámites administrativos y a una relación que consideran desigual frente la empresa encargada de comercializar la energía. Reconocen que todavía tienen dificultades para interpretar algunos de los datos que produce el sistema y que necesitan contar con una persona de confianza dentro de la comunidad que pueda asumir ese conocimiento técnico. 

A esto se suman desencuentros con Celsia, una compañía que puso 30% de dinero para hacer realidad el proyecto y se encarga de la administración, operación y el mantenimiento del sistema. Las lideresas aseguran que no tienen acceso directo al software que registra la generación, han encontrado facturas en las que no se aplican correctamente los descuentos correspondientes a la energía producida y, en ocasiones, han tenido que esperar por las bases de datos que necesitan para realizar la facturación. 

Como una forma de solución, Galvis resalta el rol que debe cumplir el Estado en esa relación entre las comunidades energéticas y las empresas. Para ella, quien hace parte del Consejo Permanente para la Transición Energética Justa en Colombia, la transición no puede limitarse a sustituir unas tecnologías por otras si se mantienen intactas las formas de concentración del poder y las decisiones que definen cómo se produce, administra y comercializa la energía. 

“El Estado debe vincularse financiando, sosteniendo, y brindando garantías para que la gestión de estas quede en manos de quienes habitan el territorio”, afirma. Esto implica, para ella, avanzar hacia alianzas público-comunitarias en la que las comunidades, los gobiernos y las autoridades indígenas y afrodescendientes tengan un papel decisivo. 

Una guardia de defensoras territoriales

El sistema solar agrovoltaico es solo una de las formas que las mujeres de Bocas del Palo han encontrado para hacer frente a la crisis climática y defender su permanencia en el territorio. Antes de producir electricidad, Dany Ortiz, Adelina Vázquez y Nayive Reyes impulsaron el reconocimiento de Bocas del Palo como un área protegida. El 6 de abril de 2024, la Corporación Regional Ambiental del Valle del Cauca (CVC) declaró 1.754 hectáreas como “Distrito de Conservación de Suelos Bocas del Palo”, una figura destinada a proteger los humedales, el bosque seco tropical, los animales que habitan la zona y  a la comunidad afrodescendiente.

Mapa del área protegida reconocida como Distrito de Conservación por parte de la CVC en manos de las mujeres que han impulsado su cuidado y reconocimiento. Crédito: María Fernanda Padilla Quevedo

Desde noviembre del año 2022, junto a la CVC realizaron una caracterización ambiental para identificar las aves existentes, hacer un diagnóstico de los siete humedales que hacen parte del ecosistema Bosque Cálido Húmedo en Planicie Aluvial (Bochura), así como la revisar el estado del agua y recoger las tradiciones y saberes de la comunidad. El proceso les llevó a dialogar con las haciendas de caña y las empresas avícolas sobre los impactos ambientales de sus actividades y exigir a la autoridad ambiental protección.

“Teníamos antecedentes de denunciar ante las autoridades ambientales sobre el impacto de los ingenios de caña sobre los humedales y no había sido posible que pusieran la mirada acá. Solo cuando tenemos la declaratoria podemos hablarles de los impactos y logramos que despejaran 18 hectáreas de los espejos de agua. Falta una parte pero por algo empezamos”, cuenta Nayibe Reyes, quien se encarga de hacer jornadas de limpieza del buchón de agua que invade principalmente los humedales Cabezón, Santa Bárbara y Colindres, para evitar que asfixie a los peces y al ecosistema. 

Pero las afectaciones que las mujeres de Bocas del Palo identificaron van más allá de los impactos de la caña sobre su territorio. En los últimos años, también han visto cómo la sequía y el aumento de las temperaturas han transformado el paisaje que conocieron: algunos humedales han tenido una reducción en su nivel de agua, especies como las nutrias han desaparecido y los pozos subterráneos que abastecían a varias familias se han secado.  

El humedal Cabezón es uno de los que conservan aún el espejo de agua y sigue abasteciendo de peces a la comunidad. Fotografía: María Fernanda Padilla Quevedo

El río Cauca, principal proveedor de Bocas del Palo, también está erosionando sus orillas, llevándose territorio y vivienda del consejo comunitario. Las mujeres relacionan este deterioro con la deforestación y la minería de material de construcción y oro, a través de dragas externas, algunas de ellas —según denuncian— sin licencia o vinculadas con grupos armados. 

La defensa del territorio también ha tenido un costo para los liderazgos comunitarios. El 26 de agosto de 2023, Jhon Freddy Castillo, líder comunitario, y su esposa Claudia Ordóñez, candidata al Concejo de Jamundí y defensora ambiental, fueron víctimas de un atentado en Bocas del Palo y ambos fallecieron. Además, otros liderazgos han recibido intimidaciones y hombres armados han disparado contra sus viviendas, provocando desplazamientos forzados.

A pesar de esto, Dany, Nayibe y Adelina siguen buscando que su comunidad se relacione de una forma distinta con la naturaleza y la energía, como una forma de prevenir que les arrebaten su territorio. La transición energética y el parque solar, que tiene una proyección de 30 años, son hoy una de sus principales formas de prevenir la crisis climática y decidir sobre su futuro. Hoy, ellas son la guardia ambiental que garantizará la permanencia comunitaria, dice Adelina Vásquez, quien tiene 69 años y es una de las lideresas históricas de Bocas del Palo.

“Para nosotras es maravilloso decir: ‘No nos corten este palo’. Nos oponemos porque es cuidar la madre tierra, que es la que nos sostiene. Si no cuidamos lo que nos sostiene la casa, entonces, ¿quién la va a cuidar? Ese es el liderazgo como mujeres emprendedoras y como una comunidad que ha visto y ha cuidado este territorio de generación en generación”, afirma. 

Este artículo fue producido con el apoyo de Climate Tracker América Latina y Oxfam

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