En Orito, Putumayo, un municipio colombiano ubicado en el piedemonte amazónico, el clásico letrero turístico de “Yo amo” seguido del nombre del lugar, tiene como trasfondo un balancín petrolero y un pozo abandonado: el Orito 119. La cabeza de caballo de la máquina, esa parte que parece un martillo, está pintada como si fuera el pico de un tucán: es una imagen que absorbe las dinámicas del municipio. Ubicado en la selva, la amazónica precisamente, la explotación de crudo está en su esqueleto desde que nació.
El pozo Orito 1, que le dio su nombre, fue el primero en perforarse en todo el departamento del Putumayo en 1963 y, solo 15 años después, en 1978, por exigencia de los colonos que migraron allí persiguiendo empleo y queriendo usar las regalías que el extractivismo dejaba, el Estado lo reconoció como tal. Su apodo popular, por mucho tiempo, fue “Orito, capital petrolera del Putumayo”: es decir, capital del que, aún para 2026, es el sexto departamento productor de crudo en Colombia, según la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH).
A diferencia de otros lugares en la Amazonia colombiana, el poblamiento de Orito no se dio por la colonización ribereña, sino por las petroleras de entonces. “La máquina de la industria era la que iba abriendo vías y, detrás, vino la gente”, cuenta la doctora en geografía Yolima Devia Acosta, quien investiga la relación entre extractivismos y poblamiento. Es un origen que se siente hasta hoy: en las cartucheras y maletas que los niños llevan a los colegios y que tienen el logo de Ecopetrol, y en los tubos que transportan el hidrocarburo y enmarcan buena parte del municipio. Hacia el noroccidente y el norte de Orito, también atravesando el río Guamuez, al paisaje lo cruza una línea: la del Oleoducto Transandino (OTA) que solía sacar el crudo hasta el terminal marítimo en el puerto de Tumaco, por el Pacífico colombiano.
Son varias las veces en las que el petróleo ha amagado con llegar a su fin. “Desde hace 20 años o más se ha dicho que ‘faltan cinco años para que el crudo se acabe’”, comenta Edinson Humberto Ramírez Delgado, alcalde de Orito. “Pero lo que nadie pensaba era que iba a darse una crisis en su precio”, agrega, refiriéndose a lo vivido entre 2015 y 2016. “Eso fue un golpe, un amortiguador para lo que venía: una política de Gustavo Petro [hoy expresidente de Colombia] en la que sabíamos que el tema petrolero iba a bajar un poco y que teníamos que mirar a otros sectores”.
Según un informe del Centro de Estudios Interdisciplinarios sobre Desarrollo (Cider) de la Universidad de los Andes, publicado en 2025, el periodo entre 2014 y 2016 fue el de mayor explotación en el municipio y, desde entonces, la tendencia ha sido la disminución. En 2024, además, la producción de petróleo cayó a su mínimo histórico como posible consecuencia de la decisión del Gobierno Petro de detener la exploración y disminuir la explotación de hidrocarburos, dice Cider. Para Ramírez, sin embargo, el mayor quiebre sigue siendo el de 2016.
“El tema del Gobierno Petro al final no pegó tan duro”, comenta. “Fue con la crisis de 2015 y 2016 que tocó empezar a revisar otras alternativas”. Han explorado el cacao, el café especial y los frutos amazónicos. Con el Acuerdo de Paz firmado con la exguerrilla de las FARC en 2016, también se empezó a hablar de ecoturismo. “Eran territorios que estaban, entre comillas, escondidos por el tema del conflicto”, añade Ramírez. Datos del Observatorio de Memoria y Conflicto indican que, entre 2001 y 2020, en Orito se reportaron 995 casos que dejaron 705 víctimas con alguna afectación violenta. Aunque las FARC ya no están presentes, sí lo hacen los Comandos de la Frontera, una de sus disidencias.
Economía multicolor
Es capaz de reconocer cada especie de ave a metros de distancia y no se fía de las aplicaciones que usan su canto para identificarlas. “Esas plataformas a veces fallan. Hasta no ver, no creer”, dice Yasmin Pantoja a la vez que sube su cámara para enfocar a un pájaro mochilero (Psarocolius decumanus). El camino por el que va hace parte de un recorrido de avistamiento de aves que ofrece a los turistas cuando se quedan en Sagy Ecolodge, un negocio que creó con su familia en 2020. “Antes todos trabajábamos con el sector petróleo”, comenta. Ella era contadora para una empresa de transporte de hidrocarburos y su esposo, oficial de construcción. “Se la pasaba esperando a que hubiera cupo laboral en Ecopetrol”.
Tras la crisis de los precios del petróleo de 2016, cuando hubo despidos o la necesidad de aceptar mayores cargas laborales por un menor salario, fue que empezaron a buscar un predio que tuviera agua. “Queríamos construir un hotel rural tipo Decameron”, recuerda con algo de risa, en alusión a la cadena internacional de resorts. “Pero cuando encontramos este lugar, con el río, la quebrada, entendimos que cómo íbamos a tumbar eso: la naturaleza habla por sí sola. Y bueno, la plata tampoco alcanzaba”.
Sagy Ecolodge hace parte de lo que un grupo de locales quiere construir como “el corredor turístico de Orito”: una serie de emprendimientos rodeando los ríos Caldero, Orito y Gaumez. Ya tienen mapeadas 35 experiencias junto a la Alcaldía. Algunas de estas, como la que lidera Pantoja, quieren que sea la biodiversidad amazónica la que seduzca a la gente . Ella, por ejemplo, lleva más de dos años uniéndose al Global Big Day, uno de los eventos de ciencia ciudadana más grandes del mundo, promovido por el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell, en el que, durante 24 horas, las personas buscan registrar el mayor número de aves posible. En una escala más modesta, Pantoja replica ese ejercicio con sus turistas. También ha experimentado con “globals” de herpetos (reptiles y anfibios) y mariposas.
“Pero aquí nadie vive del turismo”, agrega Carlos Hernán Castro, sociólogo especialista en estudios amazónicos y una de las personas que impulsa el corredor. Pantoja, por ejemplo, todavía no lo ha logrado. “No voy a decir mentiras: del sector petrolero es de lo que se sigue viviendo en Orito; yo todavía les presto servicios. Aunque estoy en esa línea de desligarme de eso”.
Los desafíos son múltiples e incluso caen en un contrasentido energético. Algunos sitios turísticos no están conectados a la red eléctrica —en uno de los municipios petroleros de Colombia—, no tienen acceso a internet y las vías no son buenas. “A menos de que haya un pozo petrolero cerca”, agrega Castro. También entra en juego la identidad: la idea de que allí, en Orito, solo se puede vivir del sector de hidrocarburos. “Si tuviera la plata y me dijeran que hiciéramos un [hotel] Decameron, diría ahora que no”, dice a pesar de todo Pantoja.
Orito, con un poco más del 60% del área municipal cubierta por bosques, tiene un fuerte potencial para estrategias de conservación, sistemas agropecuarios y turismo de naturaleza, calcula el informe de Cider.
Impulso al crudo
Si en Orito la producción de petróleo sube o baja, los bolsillos de las personas no lo sienten. Cuando la coca se deja de vender, en cambio, en la calle sí cambia la economía. Lo dicen Castro y Wilderman Pai, gobernador del resguardo Alnamawamí de los indígenas awá, en medio de una conversación.
A la par que el último reporte de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito encontró que la coca se redujo entre 2023 y 2024 en el enclave Orito Vides —el que está en la frontera con Ecuador—, Cider calcula que entre 2014 y 2024 hubo una caída del 71% de las regalías petroleras en Orito, pasando de 48.948 millones de pesos a 13.992 millones de pesos (alrededor de 15 millones de dólares a 4.3 millones de dólares).
Casi paralelo a la entrada del nuevo Gobierno, el de Abelardo de la Espriella, el alcalde Ramírez también anuncia un nuevo impulso al crudo. “Tenemos expectativa porque [la empresa] Parex retomará una campaña de Ecopetrol para explotar petrolero y Gran Tierra tiene otro proyecto, ya con consulta previa y todo, y están listos para arrancar”. El objetivo que tiene para Orito es que “vuelva a producir por lo menos 20.000 barriles diarios”. Ambos proyectos, cree, incluso podrían superar esta meta. Partiendo de la información de la producción fiscalizada por la ANH en los distintos campos de Orito, el mismo dato fue de 5.900 para junio de 2026. A pesar de que este medio consultó tanto a Ecopetrol como a la Unión Sindical Obrera, el sindicato de la industria petrolera en Colombia, para conocer su perspectiva al respecto, no recibió respuesta.
Ser petrolero y amazónico
Putumayo, el departamento en donde se encuentra Orito, es amazónico y a la vez petrolero. Por eso desde la Alcaldía se preguntan por qué no se les consultó sobre una resolución que publicó el Gobierno de Petro solo un día antes de dejar el cargo en el que se declaró, oficialmente, el bioma amazónico colombiano como una reserva de los recursos naturales. Es decir, un territorio de 483.283 kilómetros cuadrados en el que no se podrán autorizar nuevas concesiones para explorar o explotar hidrocarburos.
No obstante, el documento está en el aire. El nuevo presidente, De la Espriella, podría darle un reversazo: sobre todo porque parte de su campaña se fundamentó en impulsar la industria petrolera y la minera como contraposición a la narrativa que llevaba Petro. Y Orito está entre los lugares donde aterrizan esos discursos.
Allí todos son vecinos de alguna infraestructura petrolera. Frente al colegio del barrio Porvenir —llamado barrio 1 cuando se trataba solo de un campo— hay un pozo activo. Uno de los primeros recuerdos que tiene Castro de su infancia, cuando llegó a Orito por primera vez con su padre, es la llama de fuego constante que se levanta en las baterías petroleras para quemar de forma controlada los gases sobrantes. Una de esas baterías está frente al resguardo Alnamawamí, solo pasando la calle. También de ese lado hay una que otra casa alimentada por paneles solares individuales: unos que les fueron dados, precisamente, por las petroleras.