A unos 3.700 metros sobre el nivel del mar, cerca del volcán Ollagüe, en pleno altiplano del norte de Chile, el Salar de Ascotán alberga microorganismos capaces de sobrevivir a radiación extrema, alta salinidad y metales pesados. Hoy, estos organismos son el centro de investigaciones que podrían abrir nuevas rutas para la biominería del litio.
Recientemente, esta cuenca andina volvió a aparecer en la prensa, esta vez por una disputa ambiental y judicial. La comunidad quechua de Ascotán interpuso una querella —que fue declarada admisible— por un presunto ingreso ilegal que habría alterado vertientes y provocado daños en especies locales. Uno de los principales afectados sería el enigmático Orestias ascotanensis, un pez endémico meticulosamente estudiado en 2024 por los investigadores de la Universidad de Chile, Miguel Allendes y Andrés Marcoleta, junto con su equipo.
Fue en esa misma investigación donde científicos identificaron microorganismos extremófilos con capacidades que podrían abrir la puerta a nuevas tecnologías para recuperar litio desde residuos electrónicos, disminuyendo potencialmente la presión sobre los salares. Pero la paradoja es evidente: mientras la ciencia descubre el valor biotecnológico de estos ecosistemas, la expansión de la minería del litio continúa amenazándolos antes de que logren comprenderse por completo. Y es que, el mismo Salar de Ascotán fue incluido entre los seis salares prioritarios para futuros procesos de extracción de litio y tanto expertos, como la comunidad local quechua, han advertido los riesgos en su conservación.
La promesa biotecnológica de los salares
La línea de investigación no se detuvo ahí. Tras la publicación del estudio, Andrés Marcoleta se integró al proyecto “Anillo Talackutur Lithium Bio-R”, compuesto por tres universidades y financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), para seguir estudiando microorganismos extremófilos en distintos salares del norte chileno y explorar sus potenciales aplicaciones biotecnológicas. Actualmente, el equipo trabaja en el Salar de Gorbea y el Salar de Huasco.
“Un salar tiene pH neutro y el otro muy ácido. Esa diferencia determina qué microorganismos viven en cada uno y las funciones que pueden desarrollar”, explica el investigador.
Pero el interés científico por estos organismos va mucho más allá de la minería del litio. Según Marcoleta, estudiar microorganismos adaptados a ambientes extremos permite comprender los límites de la vida y explorar aplicaciones biotecnológicas que podrían utilizarse en áreas tan diversas como la biorremediación, la agricultura o incluso la investigación sobre posibles formas de vida microbiana en otros planetas u otros universos.
Antes de enfocarse en los salares del norte chileno, el equipo ya había trabajado con microorganismos provenientes de la Antártica, otro de los ambientes más extremos del planeta. “Pueden hacer cosas espectaculares cuando intentamos entender cómo funcionan o darles aplicaciones biotecnológicas”, señala.
En el caso de los salares, una de las líneas más prometedoras apunta a la biominería, una técnica que utiliza microorganismos para extraer, separar o recuperar minerales y metales desde rocas, salmueras o residuos, particularmente desde baterías de ion-litio en desuso. La idea, explica el investigador, es aprovechar las capacidades naturales de estos microorganismos para recuperar litio, níquel y cobalto desde la llamada “basura electrónica”, reduciendo así la necesidad de seguir explotando ecosistemas altoandinos.
En términos simples, el proceso consiste en desarmar baterías en desuso para obtener el llamado “polvo de cátodo”, considerado el corazón de estos dispositivos por concentrar minerales valiosos. Luego, las cepas bacterianas previamente aisladas son puestas en contacto con este material para extraer los elementos de interés y trasladarlos a una solución líquida, facilitando su recuperación.
Aunque hoy la investigación sigue en etapa experimental y de laboratorio, la idea de utilizar microorganismos para extraer minerales no es completamente nueva y se desarrolla en otros países como Reino Unido y Francia. Verónica Molina, directora designada por el Ministerio del Medio Ambiente para el Instituto Nacional del Litio y Salares (INLiSa), explica que estos organismos han desarrollado naturalmente capacidades de biomineralización para sobrevivir en ambientes extremos.
“Los microorganismos logran extraer elementos desde minerales para sostener su metabolismo. Esa versatilidad es justamente lo que vuelve tan interesante al mundo microbiano para el desarrollo de soluciones basadas en la naturaleza”, señala.
Con respecto a su viabilidad, Marcoleta es categórico al afirmar que la base científica y las pruebas iniciales ya fueron desarrolladas en laboratorio, aunque todavía existen barreras asociadas a costos, logística y escalabilidad. El proyecto tiene una duración inicial de tres años y busca desarrollar pruebas de concepto que permitan evaluar su potencial de aplicación. “Investigar nuestros salares y conocer su biodiversidad tiene un valor en sí mismo”, sostiene el investigador, quien agrega que las aplicaciones biotecnológicas podrían desarrollarse con mayor fuerza en futuras etapas.
Por su parte, Molina problematiza la escala en la que podría implementarse este tipo de soluciones. “Lo veo difícil a corto plazo, a menos que exista una inversión significativa”, advierte. La académica también cuestiona que toda la discusión sobre sostenibilidad se concentre únicamente en la tecnología. “El reciclaje de baterías puede ayudar, pero no resuelve el problema de fondo asociado al consumo extremo de nuestros recursos”, concluye.
Entre la innovación y el extractivismo
Mientras las investigaciones sobre microorganismos extremófilos avanzan en laboratorios y expediciones científicas en cuencas salinas del norte chileno, Chile continúa consolidándose como uno de los principales productores de litio del mundo. Sin embargo, para distintos especialistas, el país todavía mantiene un rol predominantemente extractivo dentro de la cadena global de valor.
“Chile es un actor global clave de la industria del litio, especialmente porque posee una de las mayores reservas del planeta. Pero la industria sigue centrada principalmente en la extracción y producción de materia prima”, explica Hugues Renaudineau, investigador del Centro de Transición Energética (CTE) de la Universidad San Sebastián.
Según el académico, aunque en los últimos años se han impulsado iniciativas orientadas al desarrollo tecnológico, el país aún participa de manera limitada en áreas estratégicas como la fabricación de baterías, el reciclaje o la transferencia tecnológica desde universidades hacia la industria. “Chile exporta litio, pero importa gran parte de la tecnología asociada a este recurso”, advierte.
En ese contexto, el reciclaje de baterías y la biominería aparecen como oportunidades emergentes para reducir parcialmente la dependencia de la extracción tradicional. Para Renaudineau, avanzar hacia una economía circular permitiría no solo disminuir la presión sobre los salares, sino también desarrollar nuevas capacidades tecnológicas e industriales dentro del país.
Parte de esa apuesta busca canalizarse a través del Instituto Nacional del Litio y Salares (INLiSa), impulsado durante el gobierno de Gabriel Boric como una entidad orientada a fortalecer la investigación científica, el monitoreo ambiental y el desarrollo de tecnologías vinculadas a los ecosistemas salinos.
Según Hernán Cáceres, director ejecutivo del organismo, durante 2025 el instituto avanzó en su instalación institucional, articulando redes con universidades, organismos públicos, empresas y comunidades. Para los próximos años, el foco estará puesto en desarrollar capacidades técnicas permanentes en áreas como hidrogeología, monitoreo de salares y validación de tecnologías de extracción con menor impacto ambiental.
“El desafío no es solo instalar una nueva institución, sino consolidar una capacidad país”, sostiene Cáceres. Entre las iniciativas actualmente en desarrollo se encuentran plataformas de modelamiento hidrogeológico, monitoreo ambiental y pilotaje tecnológico para evaluar procesos asociados al litio y la gestión sostenible de salmueras. “Tenemos una oportunidad estratégica en litio, pero esa oportunidad requiere información robusta, tecnologías validadas, gestión sostenible de los salares y confianza pública”, agrega.
Pese a que, tal como explica Cáceres, el rol de INLiSa es actuar como una capacidad científico-técnica permanente del país —orientada a generar, aplicar y compartir conocimiento para mejorar la toma de decisiones públicas y privadas sobre litio y salares—, el instituto enfrenta un desafío importante que Verónica Molina pone sobre la mesa: reducir las brechas de información que históricamente han sido abordadas desde esfuerzos individuales y no mediante una estrategia articulada a nivel nacional.
Además, pese a los avances de articulación que INLiSa ha conseguido en tan solo dos años, las cifras siguen mostrando una fuerte asimetría. Una investigación publicada en marzo de este año por Mongabay Latam reveló que Chile invierte 33 veces más en impulsar la industria del litio que en investigar cómo proteger los salares.
A eso se suma que, aunque la sostenibilidad de INLiSa dependerá de consolidar equipos técnico-científicos propios, financiamiento plurianual y alianzas nacionales e internacionales, los recientes anuncios de recortes presupuestarios en ciencia han generado preocupación en la comunidad científica.
“Lamentablemente, el panorama del financiamiento científico en Chile es muy cambiante. Existe bastante incertidumbre respecto a cuáles serán las políticas de financiamiento en los próximos años. Ya se anunciaron reducciones presupuestarias en distintos ministerios, incluido el de Ciencia, por lo tanto no somos tan optimistas. Existe toda la intención de seguir avanzando, pero mucho dependerá de las oportunidades de financiamiento que existan”, sentencia Marcoleta.
Mucho más que reservas de litio
Hace unos días, la preocupación en el mundo ambiental y científico volvió a centrarse en el Salar de Atacama, luego de que fuera aprobado el proyecto de litio impulsado por la filial Simco, del grupo Errázuriz, tras 17 años de tramitación. Aunque la iniciativa utilizará extracción directa de litio (EDL), una tecnología presentada como menos invasiva que los métodos tradicionales, especialistas advierten que todavía existen dudas sobre sus impactos ambientales reales y sobre la capacidad de recuperación de estos ecosistemas.
Verónica Molina insiste en que el principal problema es la manera en que históricamente se ha entendido a los salares. “Los salares son ecosistemas muy complejos, no son minas, sino humedales”, afirma.
Para la investigadora, estos territorios funcionan como oasis de biodiversidad en algunas de las zonas más áridas del planeta. Además de albergar microorganismos extremófilos, contienen especies endémicas de insectos, aves, peces y mamíferos que han desarrollado adaptaciones únicas para sobrevivir en condiciones extremas de salinidad, radiación y escasez hídrica.
El valor no es meramente ecológico, sino que Molina enfatiza que los salares también poseen una dimensión cultural y espiritual profundamente ligada a las comunidades indígenas del altiplano. “Son espacios donde cohabitan pueblos originarios, lugares asociados a formas de vida, cosmovisiones y relaciones con el territorio que van mucho más allá de una mirada extractiva”, explica.
A juicio de la académica, uno de los principales problemas es que todavía existe un conocimiento limitado sobre el funcionamiento de estos ecosistemas y sobre su capacidad de resistir intervenciones humanas prolongadas. “No es fácil identificar cuál es el nivel de intervención que un salar puede soportar”, advierte. Esto se debe a que cada salar posee dinámicas hídricas, químicas y biológicas particulares que incluso hoy continúan siendo investigadas.
En paralelo, distintos equipos científicos siguen intentando comprender procesos fundamentales que ocurren en estos ambientes extremos. Cambios en la salinidad, circulación de nutrientes, intercambio de gases con la atmósfera y relaciones microbianas forman parte de las múltiples variables que investigadores estudian para entender cómo funcionan estos ecosistemas y qué efectos podría generar su alteración.
“Los salares pueden ser una ventana para comprender procesos ecológicos fundamentales e incluso relaciones vinculadas al clima global”, sostiene Molina. Desde esa perspectiva, los científicos advierten que intervenir estos sistemas sin comprender completamente sus equilibrios podría generar consecuencias difíciles de revertir.
Por eso, para distintos especialistas, el debate sobre el litio no puede limitarse únicamente a cuánto mineral es posible extraer o qué tan rentable puede ser la transición energética. También implica preguntarse qué tipo de desarrollo quiere impulsar Chile y cuáles son los límites ecológicos de esa expansión.
Bajo esa mirada se inserta el proyecto “Anillo Talackutur Lithium Bio-R”, al que aún le queda más de un año de investigación y que busca profundizar el conocimiento sobre microorganismos extremófilos y sus posibles aplicaciones en reciclaje y economía circular. La iniciativa, además, forma parte de una colaboración internacional en la que investigadores chilenos mantienen intercambio permanente con equipos científicos de distintos países.
Para Andrés Marcoleta, este tipo de investigaciones también representa una alternativa frente a los impactos de la minería tradicional sobre ecosistemas y comunidades. “El impacto de la minería sobre los salares es brutal. La minería es un proceso muy invasivo y genera residuos tóxicos que afectan tanto a los ecosistemas como a las comunidades”, afirma.
El investigador sostiene que avanzar hacia tecnologías capaces de recuperar minerales desde residuos electrónicos podría disminuir parcialmente la presión extractiva sobre territorios altamente vulnerables. “No podemos seguir pensando que las comunidades del norte van a pagar indefinidamente el costo ambiental del desarrollo del país”, advierte.
Pero más allá de la posibilidad de desarrollar nuevas tecnologías, Marcoleta enfatiza que aún existe un enorme desconocimiento científico sobre el rol ecológico de los microorganismos presentes en estos ecosistemas extremos.
“Los microorganismos cumplen funciones fundamentales en los ciclos naturales del planeta. La destrucción de ecosistemas donde existen microorganismos únicos va a tener impactos que todavía son insospechados”, señala.
En ese sentido, investigadores coinciden en que la gran paradoja del litio en Chile es que la carrera por explotar estos territorios avanza más rápido que la capacidad científica para comprenderlos. Para Verónica Molina, directora designada del INLiSa, el desafío no pasa por oponer completamente conservación y desarrollo, sino por preguntarse qué tipo de crecimiento quiere impulsar el país y bajo qué límites ecológicos.
“Los ecosistemas tienen un valor que no puede reducirse a una explotación inmediata. Chile necesita estos minerales y la minería seguirá siendo parte importante de la economía, pero eso obliga justamente a buscar estrategias más sostenibles, tecnologías menos invasivas y formas de diversificar las fuentes”, sostiene.
La investigadora plantea que innovaciones como la biominería o el reciclaje de baterías pueden ayudar a disminuir parcialmente la presión sobre los salares, aunque advierte que ninguna tecnología resolverá por sí sola el problema ambiental de fondo. “La innovación puede aportar soluciones, pero las necesidades económicas y geopolíticas avanzan mucho más rápido que nuestra capacidad tecnológica para responder de manera realmente sostenible”, concluye.