Son las cuatro de la tarde y un grupo de estudiantes está trabajando en una compostera. Otro levanta un contenedor lleno de botellas plásticas. Rodolfo Lemos, profesor de Ciencias Naturales, lleva un machete para retirar la maleza del patio de la escuela. En la Unidad Educativa 24 de Julio, en el corazón del Chocó Andino, los residuos pasaron a convertirse en una herramienta de aprendizaje. Esta es parte de una red de ocho centros educativos que han apostado por un modelo de basura cero, en una de las zonas más biodiversas de Ecuador.
“Teníamos la composta solo como participación estudiantil y, ahora, es parte de proyectos o de asignaturas”, dice Lemos. Ahora, este profesor y una decena de estudiantes recorren las calles de la pequeña parroquia rural de Pacto—a poco más de dos horas de la capital del país andino—para recolectar los desechos orgánicos de los hogares. Su objetivo es evitar que lo orgánico termine mezclado en la basura común y aprovecharlo para producir compost. Esta práctica tiene un beneficio climático: evita que los residuos lleguen a los rellenos sanitarios, donde su descomposición genera metano, un potente gas de efecto invernadero que agrava el calentamiento global.
Pero el problema de los residuos va mucho más allá de esta comunidad. En Ecuador se producen alrededor de 14.193,5 toneladas de residuos al día, lo que equivale a unas 5,18 millones de toneladas al año. Un ecuatoriano produce, en promedio, 0,9 kilogramos de residuos sólidos al día, según el último informe sobre Gestión de Residuos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC).
Del total de residuos sólidos producidos en las zonas urbanas en el país, el 55,8% corresponden a residuos orgánicos y el 44,2% a inorgánicos. Es justo sobre esa mayoría orgánica donde las escuelas del Chocó Andino buscan intervenir. En esta región, el desafío se agrava por las dificultades para gestionar la basura. Según datos del Municipio de Quito, no existe un plan de manejo de desechos sólidos y líquidos. A lo que se suma un problema de recolección de basura: hay ocasiones en que los camiones no pasan o no respetan los horarios establecidos. Y mucha de esta basura tiene que viajar cerca de 100 kilómetros hasta llegar al relleno sanitario de El Inga.
Frente a este escenario, la Red de Escuelas Basura Cero promueve el compostaje, la reducción de plásticos y la regeneración ambiental desde las aulas. Su estrategia basura cero va más allá de separar residuos: busca evitar que los desechos terminen en el suelo, el agua o el aire, en especial en zonas de tanta biodiversidad como la del Chocó, donde la mayoría de sus habitantes viven de la agricultura. Para ello, su propuesta prioriza la prevención, la reducción, reutilización y aprovechamiento de los materiales.
De la basura a una herramienta de aprendizaje
El camino para crear la Red de Escuelas Basura Cero comenzó en 2023 con un esfuerzo colectivo. Alicia Franco, miembro de La Cuica Cósmica —una organización de permacultura y educación ambiental—, recuerda que todo empezó cuando la Fundación Imaymana les invitó a sumarse para resolver un problema de gestión de residuos en la zona. “Entramos como parte de una alianza junto con Imaymana, junto con la Escuela Politécnica Nacional”, explica.
Jady Pérez, profesora de la Facultad de Ingeniería Química y Agroindustrial de la Escuela Politécnica Nacional, cuenta que al principio buscaban promover la clasificación de residuos. Pero encontraron una dificultad: en la zona no había recicladores que pudieran aprovechar los materiales separados y las necesidades eran otras. “Fue un tiempo de reflexión entre Imaymana y la Cuica Cósmica y pensamos que era una oportunidad para trabajar con las unidades educativas rurales”. La distancia y las dificultades para transportar los residuos también influyeron en esa decisión. “Nos dimos cuenta que no es tan fácil sacar del territorio los residuos, en especial aquellos que tenían un potencial de aprovechamiento”.
Así surgió la idea de trabajar con las escuelas. La Cuica Cósmica asumió el trabajo del aprovechamiento de los desechos orgánicos. Para ese momento, sus integrantes ya habían desarrollado una metodología que proponía incorporar composteras como herramientas pedagógicas. No se trataba únicamente de instalar estructuras para procesar desechos, sino de integrarlas a las actividades escolares y convertirlas en espacios de aprendizaje.
Pero antes, era necesario conocer qué basura producían las escuelas. Pérez cuenta que, junto con los estudiantes de la Politécnica, realizaron una caracterización de residuos en las escuelas, que consistió en pesar los desechos que se generaban, separarlos e identificar de qué tipo eran. Durante cinco días, dividieron todos los residuos y los caracterizaron entre plásticos y orgánicos. “Algo que nos sorprendió mucho fue encontrar bastante fomix, un material que tarda mucho en su degradación”, apunta la profesora. El ejercicio también buscaba que los docentes y estudiantes aprendieran a realizar sus propias mediciones y pudieran repetirlas sin depender de la universidad.
Las primeras composteras se construyeron en 2023 con el apoyo de la Fundación Imaymana. Mientras que Alicia Franco y las otras integrantes de la Cuica Cósmica—Camila Rodríguez, Sara Franco, Nu Sáenz y Carla Puente— se encargaron de capacitar, por cerca de cuatro meses, a los estudiantes y profesores de las escuelas para enseñarles cómo separar y aprovechar los residuos orgánicos. “Nosotros tenemos un enfoque de tratar la compostera como un superorganismo, que hay que alimentar y que es parte de la unidad educativa”, señala Franco.
Así ocurre en la Unidad Educativa Nanegalito, donde el profesor Israel Ortega y sus estudiantes participan del proyecto con una lombricera, un sistema que utiliza lombrices para transformar la materia orgánica en abono. Ortega cuenta que es un esfuerzo colaborativo de toda la unidad educativa. “La señora de la cafetería nos ayuda recogiendo los orgánicos”, dice mientras remueve con una pala la hojarasca, bajo la que comienzan a asomar las lombrices, encargadas de la descomposición de los desechos orgánicos. “Todo esto lo llevamos para abonar la huerta”.
Ortega cuenta que todo ha consistido en empoderar a la comunidad educativa, desde los profesores hasta el personal de limpieza. “Es un ir y venir de reflexiones sobre lo que pasa en el planeta. Explicarles a los estudiantes cómo pueden aprovechar los desechos, conceptos como el cambio climático. No es solo mover cosas”, explica este profesor de Ciencias Naturales.
El aprendizaje fue un desafío. Franco recuerda el primer acercamiento de los estudiantes a la compostera: “Había chicos que al principio le temían a la compostera porque les daba asco. Pero, luego, cuando los estudiantes miraban por el microscopio los microinvertebrados y microorganismos que habitan, se maravillaban”, cuenta emocionada.
En la parroquia rural de Pacto, para el profesor Rodolfo Lemos, uno de los mayores retos a los que se enfrentó fue lograr que el compostaje se convirtiera en una rutina. Había que conseguir que estudiantes y vecinos aprendieran a utilizarla correctamente y mantuvieran el compromiso. “Las personas no estamos acostumbradas a esto. Fue necesario recordarles qué cosas se pueden compostar y cuáles no. Que el tacho de compostaje no es un tacho de basura”, reconoce.
En el colegio 24 de Julio, el proyecto comienza a dar un nuevo paso hacia otras actividades. Los estudiantes trabajan en la rehabilitación de un invernadero dentro del colegio, donde esperan aprovechar el abono de las composteras. Lemos cuenta que una de las actividades de la semana será construir camas de cultivo para sembrar vegetales. Ahora, el invernadero produce unos cuantos productos, pero la meta es que puedan cultivar muchos más.
El cambio a una escuela basura cero es integral y va más allá de instalar una compostera. La propuesta también busca cambiar los hábitos de consumo y reducir la producción de residuos. “El compostaje te lleva a otras reflexiones como, por ejemplo, que el bar [cafetería] escolar no debería tener vajilla de un solo uso, sino reusable”, apunta Franco. “No se trata de tener 20 tachos de basura con separaciones, sino tres: uno de basura común, otro de reciclaje y otro de orgánico”, agrega.
Pero esta transformación venía acompañada de un desafío para los profesores: cómo incorporar los principios de basura cero a las distintas materias y convertirlo en una herramienta de enseñanza. Ese fue el disparador para que las integrantes de la Cuica Cósmica elaboraran la Guía Escuelas Basura Cero junto con la Alianza Basura Cero Ecuador, la Fundación Imaymana y la Escuela Politécnica Nacional. “Fue un contenido que elaboramos con la participación de los profesores e hicimos varios talleres de socialización”, resalta Franco.
La experiencia ocurre en un momento clave para la educación ambiental en Ecuador. Si bien las escuelas ya contaban con políticas y acuerdos ministeriales para incorporar esta materia, desde septiembre de este año, con las reformas a la Ley Orgánica de Educación Intercultural, se incorporó como mandato la educación para el desarrollo sostenible en la malla curricular nacional. La ley establece responsabilidades concretas para las autoridades, como integrar estos contenidos al currículo nacional, formar a profesores y desarrollar proyectos institucionales y comunitarios. Aunque la norma no tiene un enfoque de basura cero, es un paso dentro de un camino que tomará años y que organizaciones como La Cuica Cósmica han decidido comenzar.
Las organizaciones que impulsan el proyecto buscan ahora llevar la experiencia a otros centros educativos del país. Franco asegura que están próximas a firmar un convenio de cooperación con el Ministerio de Educación, que les permitirá tener acceso a todas las escuelas del país para impartir charlas y talleres sobre escuelas basura cero. En una respuesta solicitada por Climate Tracker, el Ministerio señaló que la finalidad es “implementar a nivel nacional la guía de basura cero en el Sistema Nacional de Educación”.
Mientras esa posibilidad avanza, los profesores Israel Ortega y Roberto Lemos del Chocó Andino trabajan para mantener el proyecto. En Pacto, Lemos asegura que el interés ha comenzado a extenderse más allá de las aulas. “Hay que perseverar, ahora la gente de la comunidad, los padres de familia, están motivados a hacer su compostera”. Los resultados también se ven en la huerta: “Hasta los chicos se van llevando los frutos de nuestra huerta”, cuenta.
En Nanegalito, Ortega insiste en que la enseñanza va más allá del compostaje. “Estamos dándole un valor, una utilidad a los desechos. Les explico a mis estudiantes que están haciendo algo grande, algo que puede cambiar el mundo”.
Para Franco, ese es precisamente el potencial de la iniciativa: que lo aprendido en las escuelas termine transformando los hábitos de las comunidades. “Las escuelas son una fuente importantísima de cambio cultural. Era necesario también ahí empezar una revolución”.